
Las emociones y el conocimiento
Las experiencias estéticas, como escuchar una obra musical, ver un cuadro, una obra arquitectónica o una pieza de teatro, nos pueden emocionar o conmover. ¿Cómo valoramos estas experiencias estéticas? Cuando surge en nosotros la apreciación, el placer de contemplarlas o escucharlas de tal modo que podemos repetir esa experiencia cientos de veces sin cansarnos, podemos reconocer que se estimula la imaginación, se genera la capacidad de traducir las cualidades de la experiencia a una forma hablada o escrita.
“Las artes plantean a los estudiantes el reto de hablar de lo que han visto, le ofrecen oportunidades, licencias y estímulo para que usen el lenguaje sin someterse a las limitaciones de la descripción literal. Esta libertad les permite liberar sus emociones y su imaginación” (Eisner, El arte y la creación de la mente, 2004, pág. 119)
Las artes, como con cualquier propuesta curricular, permiten reconocer si hemos podido enseñarles a los estudiantes el deseo de seguir aprendiendo. El objetivo de la educación es activar el interés con la suficiente fuerza como para que los estudiantes quieran seguir aprendiendo, disfrutando o emocionándose. En síntesis, los programas de educación artística logran, al crear imágenes sensibles e imaginativas, favorecer la percepción de cualidades que permiten su descripción de manera inteligente, la mayoría de las veces utilizando metáforas y licencias poéticas, estimulando el deseo de seguir aprendiendo y de seguir emocionándose. Sin embargo, no es privativo de las artes reconocer que los estudiantes encuentran el goce por aprender. Se nos hace más fácil distinguirlas en este campo pero para nosotros, docentes, debiera ser la manera en la que reconocemos si hemos logrado despertar en nuestros estudiantes el placer o la necesidad de conocer.
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